nadie conocía un poema de ramón lópez velarde ideal para definir esos lapsos en que él se ensombrecía y se abismaba hacia un recipiente de todo lo perdido:
el pozo me quería senilmente; aquel pozo
abundaba en lecciones de fortaleza, de alta
discreción, y de plenitud…
pero hoy, que su enseñanza de otros tiempos me falta,
comprendo que fui apenas un alumno vulgar
con aquel taciturno catedrático,
porque en mi diario empeño no he podido lograr
hacerme abismo y que la estrella amada,
al asomarse a mí, pierda pisada.
la hacienda de los cominos tenía un pozo en su primer patio. v.l. y gabriel se asomaron ahí infinidad de veces. al fondo del círculo enlamado había un agua nunca distinguible, a veces purificada por una tortuga, a veces envenenada con historias. una llave precisa, unas joyas faltantes, un cuchillo incriminatorio podían estar ahí.
[...]
gabriel iba a solicitar un poema pero la voz siguió sin consultarlo, con el tono enfático, molesto, de los que recitan por oficio:
¿dónde estará la niña
que en aquel lugarejo
una noche de baile
me habló de sus deseos
de viajar, y me dijo
su tedio?
después de la última estrofa, gabriel aguardó unos segundos.
-¿señor librado? -preguntó, con la formalidad que le imponía la pequeña provincia.
no hubo respuesta. bajó del palco, caminó entre las sillas, subió al escenario y contempló el teatro entero. el recitador se había ido.
fue a la jaula del canario. un sobre de cartón colgaba del borde. ahí dejó el billete. repasó el poema, uno de los pocos que sabía de memoria a pesar de la facilidad con que se grababa la métrica de lópez velarde. en su mente, sin la voz sobreactuada del recitador, los versos le traían a v.l.
niña que me dijiste
en aquel lugarejo
una noche de baile
confidencias de tedio:
dondequiera que exhales
tu suspiro discreto,
nuestras vidas son péndulos…
dos péndulos distantes
que oscilan paralelos
en una misma bruma
de invierno.








