todtnauberg, primavera de 1926.
aún borracho, martin despierta el 11 de abril después de una cena en honor de edmund, quien cumplió 67 tres días atrás. el bosque negro parece un buen lugar para mostrarlel manuscrito a su amigo y profesor. son las seis de la mañana y todo mundo duerme. nadie imagina nada.
noche del 10. a media cena –una botella circulando por sus venas es suficiente para poner en duda su rigor– martin se levanta. “la ambigüedad”, dice arrastrando la lengua, “presenta siempre a la avidez de novedades el espejismo de lo que busca y les da a las habladurías la ilusión de que todo está resuelto en ella”. días después, edmund habría de reconocer estas palabras en el manuscrito, pero en el momento nadie supo comprenderlo: sólo afirmaron con la cabeza complacientemente.
martin entral cuarto del ala este de su chalet, en el que duerme edmund. mira por la ventana. vuelve los ojos a la cama, lo distrae un olor agrio, perturbador (‘premonición de la vejez’, piensa detrás de su mirada). se acerca, jala las sábanas. edmund despierta como de un sueño intranquilo. martin dice. martin enreda. pero sus palabras, en una cuenta regresiva de la historia, bien pudieron tener la burda influencia de estas otras. da igual porque, de cualquier forma, edmund no vio otra cosa más que un absurdo monólogo en alcohol.